Una rapsòdia visual

Una rapsòdia visual

Música, sonido y silencio en las colecciones de los museos
de la Red de Museos de Arte de Cataluña

Comisaria: Montse Frisach
 

“La música es el arte que utiliza sus medios, no para representar fenómenos de la naturaleza, sino para expresar la vida interior del artista y crear una vida propia de tonos musicales”, dijo Wassily Kandinsky, el artista que, en el momento que estallaba la gran revolución de la vanguardia a principios del siglo XX, más supo relacionar música y artes visuales. No importa si Kandinsky era sinestésico o no, el ruso supo teorizar sobre la calidad sonora de los colores y de las formas como nadie lo había hecho jamás.

 

La música y las artes visuales siempre han ido de la mano. Los artistas han creado todo un imaginario de la música. En las obras religiosas llenaron las escenas de ángeles músicos y cantores pero, como los creadores normalmente mantienen lazos de amistad entre ellos, también retrataron a los músicos y bailarines, que, en definitiva, son músicos que tocan con su cuerpo y dibujan en el espacio. Otras obras visuales no hablan explícitamente de música y sonido pero la contienen de manera implícita.


Este itinerario por una trentena de obras de arte de las colecciones de los museos que forman parte de la Red de Museos de Arte de Cataluña (XMAC) es un paseo en forma de rapsodia para que el visitante pueda hallar de manera absolutamente libre las concomitancias ente el arte y la música. Un paseo heterodoxo y atemporal, que toma prestado el concepto de “rapsodia” del ámbito de la música para ilustrar una cierta estructura con la que a menudo también trabajan los artistas visuales.

 

Detalle de la obra Santa Cecília de Gianbattista y Giandomenico Tiepolo. Museu Nacional d'Art de Catalunya.
Detalle de la obra Santa Cecília de Gianbattista y Giandomenico Tiepolo. Museu Nacional d'Art de Catalunya.

 

Una rapsodia visual con ritmos diferentes

Una rapsodia se caracteriza por ser una composición musical formada por diferentes fragmentos temáticos unidos libremente y aparentemente sin relación entre ellos. Las diversas secciones de la pieza pueden incluso ser extremadamente opuestas: una dramática con una alegre; una rápida con una lenta… Ritmos y emociones varias en una sola pieza, aunque hay siempre una fina línea que las une, por más sutil que sea. Siempre encontramos ecos y resonancias. El resultado de esta unión de piezas suele tener un alto componente emocional, toca la fibra muy fácilmente. Es por esta razón que las rapsodias suelen ser piezas de éxito como por ejemplo la Rapsodia sobre un tema de Paganini, de Sergei Rachmaninov; la Rapsody in Blue, de George Gershwin, o la famosísima Bohemian Rapsody, de Queen.  

La estructura en forma de rapsodia también sirve para marcar el ritmo interno de la propia exposición. Además, como se trata de una muestra virtual y no debe transitar por un espacio físico, puede “saltar” fácilmente de una pieza a otra, con total libertad. Pero como ocurre con la música, disfrutar del arte en directo es una experiencia muy satisfactoria y enriquecedora; por este motivo, también os invitamos a visitar las obras directamente en los museos. 

Música celestial versus música apocalíptica

Si nos fijamos en la iconografía de las miles de obras medievales donde aparecen ángeles músicos, el cielo cristiano es el paraíso de los melómanos. Así que, si sois amantes de la música, más os vale portaros bien en esta vida, ya que parece ser que en el cielo de los cristianos es donde se atesoran los sonidos más excelsos. Las grandes jam sessions entre los ángeles residentes y las almas de los grandes músicos desaparecidos de la historia humana deben de ser legendarias. Para los artistas medievales, los grandes acontecimientos divinos y humanos se anunciaban o se amenizaban con la música de seres sobrenaturales, por si la música que hacían los humanos incitara a actos pecaminosos. Así que cuando una música nos llega al alma, aún la calificamos de “música celestial”. Parece ser que en los momentos más complicados y sanguinarios, como el Juicio Final o la Pasión de Cristo, también suena música, pero en este caso es una banda sonora parecida a una película de terror.

Lluís Dalmau - 1443-1445

Lluís Dalmau, Virgen de los Consellers, 1443-1445. Pintura sobre tabla, 316 x 312,5 x 32,5 cm. Depósito del Ayuntamiento de Barcelona, 1902. Museu Nacional d’Art de Catalunya

Virgen de los Consellers

En esta obra de Lluís Dalmau, un encargo para decorar una capilla de la Casa de la Ciutat de Barcelona, los ángeles cantores, muy parecidos a los que pintaba Van Eyck, aportan solemnidad a esta reunión para mayor gloria de los consejeros de la ciudad, presidida por la Virgen acompañada de Santa Eulalia y San Andrés. Los ángeles sostienen la partitura de un fragmento del Cantar de los Cantares. En el rico trono de madera, donde se sienta la Virgen, se hallan también dos simios músicos que tocan una cornamusa i un flautín, pero su sonido no es ni por asomo tan celestial como el de los ángeles.

Pere Robredo - 1507-1510

Pere Robredo, Ángeles músicos, 1507-1510. Dorado y policromado sobre madera. Procedente de la iglesia de Sant Feliu de Girona. Museu d’Art de Girona

Ángeles músicos

En la sala 9 del Museu d’Art de Girona se exponen las tablas y los fragmentos del que fue el gran retablo de Sant Feliu, que ocupaba el ábside de la iglesia de Sant Feliu de Girona. Dieciséis años se tardó en completar esta gran obra, que permaneció en la iglesia hasta la Guerra Civil. Sus autores fueron los pintores Perris de Fontaines y Joan de Borgonya y los escultores Pere Robredo y Joan Dartrica. Robredo, burgalés de nacimiento, se dedicó a completar los ornamentos de madera del retablo, entre los que se encuentran estos ángeles músicos que parecen observar al visitante del museo, enaltecidos sobre una pareja de bienaventurados rogando. La música celestial acompaña sus ruegos.

Pere Serra - hacia 1385

Pere Serra, Virgen de los Ángeles, hacia 1385. Temple y dorado con pan de oro sobre madera, 195,8 x 131 x 11 cm. Procedente de la catedral de Tortosa. Museu Nacional d’Art de Catalunya

Virgen de los Ángeles

En la tabla central de un retablo para una de las capillas de la catedral de Tortosa, Pere Serra pintó toda una orquesta de ángeles músicos, los cuales celebran la dulce maternidad de una de las Vírgenes más bonitas del gótico catalán. No solo es una imagen devocional. Pere Serra parece muy interesado también en documentar parte de los instrumentos musicales de su tiempo: el laúd, el arpa, la vihuela, la flauta, el salterio, el órgano portativo. Solo faltan las percusiones para completar esta exquisita orquesta.

Jaume Cabrera - primer cuarto del siglo XV

Jaume Cabrera, Compartimiento de un retablo con la Virgen y el niño y ángeles músicos, primer cuarto del siglo XV. Pintura al temple sobre madera, 75,5 x 123,5 cm. Procedencia desconocida, Museu Episcopal de Vic

Compartimiento de un retablo con la Virgen y el niño y ángeles músicos

Otro gran momento musical del gótico catalán es este fragmento de retablo de Jaume Cabrera, que de nuevo tiene como tema central la Virgen con el niño. Los ángeles también han bajado a la Tierra para alabar a la Virgen con el niño Jesús. La angelical orquesta de cámara, con los músicos luciendo espléndidas alas, muestra sus instrumentos: arpa, flauta de pico, fídula y laúd. El jilguero que el Niño mantiene agarrado con una cinta volea por encima de la escena como si danzara al ritmo de la melodía celestial.

Jaume Huguet - 1465

Jaume Huguet, Jesús, camino del calvario. Compartimento del bancal del retablo de Sant Agustí, 1465. Temple sobre tabla, 164 x 159 cm. Iglesia de Sant Agustí Vell, Barcelona. Museu Frederic Marès 

Jesús, camino del calvario

El gremio de los curtidores -oficio que se dedica a tratar la piel- era uno de los más ricos de la Barcelona gótica. Estos artesanos encargaron a Jaume Huguet, el pintor estrella de la época, un grandioso y ambicioso retablo para la iglesia de Sant Agustí Vell, con episodios de la vida del santo y también de Jesús. Actualmente se conservan ocho tablas del retablo, siete en el MNAC y esta del Museu Marès, con la escena de Jesús camino del Calvario, que es una especie de estudio psicológico de los personajes que aparecen en la obra. En este desfile dramático no puede faltar la música. Un músico con un instrumento de viento encabeza la comitiva, cuyas notas enmascaran los llantos de los acompañantes del condenado.

Pere Garcia de Benavarri - 1473-1482

Pere Garcia de Benabarre, La decapitación de san Juan, 1473-1482. Temple sobre madera, 196,7 x 121,7 x 6 cm. Procedente de la antigua iglesia de Sant Joan de Lleida. Depósito del Museu Naciona d'Art de Catalunya. Museu de Lleida

La decapitación de san Juan

La cabeza de Juan el Bautista aún está caliente. El verdugo todavía muestra en su rostro signos de la tensión que le ha provocado la ejecución. Pero la princesa Salomé ya ha tomado la sanguinolenta cabeza y la empieza a pasear en una bandeja dorada. Ha sido una ejecución pública. Un nutrido grupo de damas observa desde lo alto de uno de los edificios, otros acompañan a la princesa, aunque no se sientan muy cómodos. Pero Pedro García de Benabarre, en esta tabla del retablo de la antigua iglesia de Sant Joan de Lleida, disperso por todo el mundo, añade música a la cruenta escena del asesinato injusto de un inocente.

Finales del siglo XI – inicios del siglo XII

Ábside central de la iglesia de Sant Quirze de Pedret, finales del siglo XI – inicios del siglo XII. Fresco traspasado a tela. Procedente de la iglesia de Sant Quirze de Pedret (Cercs, Berguedà). Museu Diocesà i Comarcal de Solsona

Ábside central de la iglesia de Sant Quirze de Pedret

La música del Juicio Final. El Apocalipsis es muy ruidoso: truenos, riadas, las trompetas de los siete ángeles. Pero la música que emana del Apocalipsis del pintor del ábside de Sant Quirze de Pedret parece más tranquila. Si se adentra en el pequeño recinto que acoge el ábside central en el Museo Diocesano y Comarcal de Solsona y cierra los ojos, quizás escuchará la música de los laúdes de los ancianos del Juicio Final. Además, también podrá ver los jinetes del Apocalipsis, el ángel incensario, un serafín con las alas cubiertas de ojos, arcángeles, las almas de los mártires, un elefante y un altar adornado con unos lujosos manteles.

Tocamos y bailamos. Músicos, danzas y musas

Los artistas plásticos han sido amigos de músicos y bailarines, los han retratado y han representado la magia de los conciertos y los movimientos en el aire de los danzantes; como si la música y la danza se pudiera atrapar dentro de una tela, la piedra o el mármol. Gracias a ellos también hemos visto los rostros de los músicos callejeros o de los músicos anónimos. Todo ello, sin dejar nunca de invocar a las musas y santas.

Venanci Vallmitjana - 1902-1903

Venanci Vallmitjana, Musa de la música (Terpsichore), 1902-1903. Terracota, 46,5 x 20 x 13 cm. Museu Frederic Marès

Musa de la música (Terpsichore)

En el mundo grecorromano, las musas representan la conexión del ser humano con las artes. Son una especie de ángeles del mundo antiguo. A pesar del título de este pequeño modelo de escultura, Terpsícore es la musa de la danza y el corazón coral. Siempre acompañada por un arpa, Terpsícore, con su actitud y expresión corporal desenvuelta, nos dice que la danza y la música libera. Este es el modelo de la gran escultura de Venanci Vallmitjana, que se encuentra en el primer rellano de la escalera principal del vestíbulo del Gran Teatro del Liceo y que, en cierto modo, da la bienvenida a los espectadores antes del espectáculo.

Gianbattista y Giandomenico Tiepolo - 1750-1760

Gianbattista y Giandomenico Tiepolo, Santa Cecilia, 1750-1760. Óleo sobre tela, 97,7 x 79,3 cm. Legado de Francesc Cambó. Museu Nacional d’Art de Catalunya

Santa Cecilia

Cecilia de Roma es como la musa cristiana de la música. Los pintores siempre han representado esta mártir, que procedía de una familia noble, ricamente vestida y siempre acompañada de un instrumento musical. Según las diversas leyendas sobre la patrona de la música, Cecilia probablemente tocaba algún instrumento y cantaba continuamente alabanzas a Dios, lo que le conllevó una de las muertes de mártires más largas de la historia. En esta delicada pintura hecha a cuatro manos entre los Tiépolo (padre e hijo), aparece con un pianoforte y sosteniendo el atril con la partitura.

Marià Fortuny i Marsal - 1869

Marià Fortuny i Marsal, Músico, 1869. Dibujo a tinta, 28,4 x 22 cm. Museu de Reus

Músico

El universo de Marià Fortuny está repleto de músicos. En sus obras aparecen orientalistas -como si documentara las “músicas del mundo” de finales del siglo XIX-, pero también representa instrumentistas que seguramente vio y escuchó en escenarios teatrales. Este magnífico dibujo, probablemente realizado en Roma, con unos trazos que le aportan una gran vitalidad y una música interna, representa un músico tocando la bandurria, con un espíritu entre goyesco y rococó.

Josep Juliana Albert - sin fecha

Josep Juliana Albert, Músicos italianos, sin fecha. Acuarela sobre papel, 54 x 37 cm. Museu d’Art de Sabadell

Músicos italianos

El pintor Josep Juliana Albert (1844-1890?) no gozó de la fama de Marià Fortuny pero, al igual que el reusense, también se enamoró de la ciudad de Roma. En la capital italiana vivió y se formó, alternando sus estancias romanas con Barcelona. Toda la obra de Juliana está impregnada del paisaje y de los personajes que se encontraba por las calles de la ciudad, como estos músicos callejeros: un hombre viejo con guitarra y una niña que canta. Sus cantos, melancólicos, a pesar de no tener público, parecen resonar por las estrechas calles de la vieja Roma.

Apel·les Fenosa - 1946

Apel·les Fenosa, Flautista, 1946. Bronce, 42,5 x 19,5 x 8,5. Fundació Apel·les Fenosa El Vendrell

Flautista

El escultor Apel·les Fenosa (1899-1988) estableció muchos vínculos con la música y los músicos. Retrató a músicos como Francis Poulenc y Salvador Bacarisse, y también realizó una serie de esculturas de figuras tocando instrumentos. Una de ellas es esta flautista, que compró Coco Chanel, primero amante, y luego amiga del escultor, y que siempre conservó en su apartamento de Rue Cambon. Después, la pieza pasó a manos del mayordomo de la diseñadora hasta que la Fundación Fenosa la recuperó. La música que surge de la escultura es tan fina como la propia figura.

Ramon Pichot - 1897

Ramon Pichot, Nocturno, 1897. Dibujo a lápiz compuesto y tinta pulverizada sobre papel, 20,9 x 43 cm. Museu del Cau Ferrat de Sitges

Nocturno

“Me entretenía componiendo canciones y notas con el piano, herido por la melancolía de aquella hora soñadora”, escribía Santiago Rusiñol en el texto de prosa poética Nocturn, incluido en su libro Fulls de la vida, publicado en 1898. Este momento melancólico ante el piano lo capta perfectamente Ramon Pichot en este dibujo, que es una de las ilustraciones del libro, y que ahora se expone justo en el lugar donde fue realizado, el Cau Ferrat de Sitges. Rusiñol, en el mismo libro, describe también el silencio con malestar: “Mi corazón, medio dormido, hubiera preferido mucho más los gritos de los vecinos embriagados, las risas de los chiquillos y los terremotos de pianos, que aquellas voces de quietud y aquellos ruidos que no lo eran”. La obra es también una prueba de la gran amistad entre los dos artistas modernistas.

Ismael Smith - 1918

Ismael Smith, Enric Granados, 1918. Dibujo a lápiz sobre papel, 24 x 31 cm. Museu d’Art de de Cerdanyola

Enric Granados

Este preciso dibujo del compositor y pianista Enric Granados es también la prueba de la gran amistad entre el músico y el artista Ismael Smith. El artista dibuja al autor de Goyescas de memoria, ya que el músico había muerto trágicamente dos años antes, cuando el barco en el que viajaba, el "Sussex", fue torpedeado en el Canal de la Mancha por un submarino alemán durante la Primera Guerra Mundial. La muerte tan repentina y dramática de Granados afectó sobremanera a Ismael Smith que, la noche antes del fatídico viaje del músico y su esposa, había cenado con ellos en Londres. Smith es autor de varios retratos de Granados e incluso de una máscara del compositor.

Jean-Michel Basquiat - 1986

Jean-Michel Basquiat, Rey Zulu, 1986. Acrílico, cera y rotulador sobre tela, 202,5 x 255 cm. Colección MACBA, Depósito de la Generalitat de Catalunya. Antigua Colección Salvador Riera. Museu d’Art Contemporani de Barcelona © The Estate of Jean-Michel Basquiat

Rey Zulu

El malogrado pintor Jean-Michel Basquiat (1960-1988) tenía más de 3.000 discos en casa cuando murió. Los había de estilos muy diversos: blues, música clásica, música disco... Fue amigo de músicos y pareja de Madonna. Pero también fundó, con Vincent Gallo, el grupo Gray, que utilizaba la guitarra eléctrica de manera muy experimental, y además era DJ. El azul es un color que evoca la música de jazz, quizá por eso Basquiat lo elige en esta pintura para homenajear a tres trompetistas del jazz americano: Bix Beiderbecke, Bunk Johnson y Howard McGhee. La tela también incorpora un rostro pintado de color negro inspirado en Louis Armstrong, caracterizado como el rey de los zulúes del desfile del Carnaval de Nueva Orleans de 1949.

Eusebi Arnau - entre 1895-1902

Eusebi Arnau, Loïe Fuller, entre 1895-1902. Escayola policromada, 63,5 x 39 x 25 cm. Museu Abelló. Mollet del Vallès

Loïe Fuller

La bailarina Loïe Fuller fue la pionera de la “música para los ojos” a través de los movimientos de su cuerpo, libre de corsés y cubierto de grandes telas y pañuelos. La americana creó la Danza Serpentina, representada, idealizada, en esta escultura de Eusebi Arnau, uno de los escultores que más trabajó para los arquitectos modernistas. El aspecto visual de la danza de Fuller era poderoso, y además utilizaba grandes novedades tecnológicas como los efectos de la luz eléctrica coloreada. Se desconoce si Arnau realizó esta pieza antes o después de ver en directo a la bailarina, que actuó en el Teatro Novedades de Barcelona en 1901. Fuller fue mentora de otras pioneras de la danza moderna como Isadora Duncan, y también inspiró a Tórtola Valencia en el tratamiento de la luz y el color.

Rafael Sala - 1927

Rafael Sala, Tórtola Valencia y el cuervo, 1927. Pintura al óleo sobre tela, 84 x 86,7 cm. Biblioteca-Museu Víctor Balaguer. Vilanova i la Geltrú

Tórtola Valencia y el cuervo

La sevillana Carmen Tórtola Valencia (1882-1955) fue otra bailarina que revolucionó la danza en el siglo XX. Popular por haber sido la modelo de los perfumes Myrurgia, a nivel artístico su contribución fue crucial. Fue amiga de  intelectuales y artistas, coleccionista de arte y una mujer libre en su vida personal. El vilanovense Rafael Sala (1891-1927), gran admirador suyo, y sus amigos consiguieron que Tórtola actuara en el teatro Apolo de Vilanova, una actuación que se salía de las tradicionales giras internacionales de la artista. Tenía que actuar los días 9 y 10 de octubre de 1915, pero solo lo hizo el primer día porque se sintió “indispuesta”, después de no ser muy bien acogida por el público. Sala, en sus escritos sobre la bailarina, vinculaba la danza de la artista con la España trágica. Años después, muy poco antes de la muerte prematura de la artista, Sala la pinta así, con un estilo que es un preludio del art déco.

La música de las formas

La música en las obras de arte visuales no solo consiste en la aparición de la música de manera naturalista o en sus intérpretes. Las formas, la distribución de los diversos elementos, los colores, los trazos y los espesores, la vibración de la composición son como las notas, los acordes y el ritmo de una pieza musical. La música no solo se halla sobre un pentagrama o en la improvisación de una banda, sino también en la danza y sus movimientos en el espacio. A menudo las esculturas abstractas son como los apuntes de los coreógrafos; las pinceladas nerviosas de las pinturas son como la cadencia del jazz; y en los mundos paralelos imaginados por los pintores se esconde una música interna desconocida y misteriosa.

Ramon Casas - 1890-1891

Ramon Casas, Baile en el Moulin de la Galette, 1890-1891. Pintura al óleo sobre tela, 100,3 x 81,4 cm. Museu del Cau Ferrat de Sitges

Baile en el Moulin de la Galette

Como tantos otros pintores establecidos en París, Ramon Casas pintó el interior del local del Moulin de la Galette; pero en esta tela, al contrario que la mayoría de artistas, no elige la hora más bulliciosa del lugar, la noche, sino que capta el ambiente del local a media tarde o al atardecer, con pocos clientes todavía. Es una obra impregnada de melancolía en la que Casas capta la soledad de los personajes. La especial estructura de la escena, desde un lateral y desde un ángulo de visión elevado; los músicos en penumbra; y los clientes que bailan solos crean una curiosa sonoridad lejana, en una tarde triste y gris.

Errò - 1968

Errò, American Interior, Num. 10, 1968. Acrílico sobre tela, 162,5 x 114,5 cm. Donación de Victoria Combalia. Museu d’Art Contemporani de Barcelona © Erró, VEGAP, Barcelona

American Interior, Num. 10

Una tarde de un día normal, en una casa de una familia americana de clase media, después de la salida del colegio. Los niños de la familia están en su habitación: el chico juega, la chica practica con la flauta para su clase de música. De fondo, la música de la televisión. Pero los campesinos del Frente de Liberación Nacional de Vietnam amenazan esta escena familiar... El pintor islandés Erró, uno de los representantes del pop-art europeo, ironizaba sobre el confortable estilo de vida occidental en la serie American Interior. Las composiciones de Erró, coloristas y vitales, tienen una calidad cacofónica.

Ángeles Santos - 1929

Ángeles Santos, La Tierra, 1929. Óleo sobre tela, 69 x 83 cm. Donación de la autora, 1993. Museu de l’Empordà. Figueres © Erró, VEGAP, Barcelona

La Tierra

No vemos ningún instrumento musical en esta pequeña tierra paralela creada por Ángeles Santos, en su corta pero brillante etapa surrealista, pero en ella se halla una música latente. Como en una mesa románica, los personajes -una pareja y a veces su hijito, con diversas edades- se muestran en varias escenas llevando una vida sencilla y natural, o casi. Viven dentro de una esfera, ya que las esferas son el paisaje de este planeta, tan pequeño que se puede escuchar claramente la música del universo. La Tierra es una balada de amor, repetida hasta el infinito.

Evarist Vallès - 1963

Evarist Vallès, Abstracción cósmica, 1963. Óleo sobre tela, 197 x 300 cm. Museu de l’Empordà. Figueres

Abstracción cósmica

Como Ángeles Santos, Evarist Vallès (1923-1999), gran amigo de Dalí, activista cultural y exdirector del Museu de l'Empordà, también nos acerca a la música del universo con esta abstracción de tintes sinestésicos. El gesto circular y en espiral que producen las pinceladas verdes, amarillas, rojas y negras es como una melodía sin fin. Vallès, con una obra que se mueve entre el surrealismo y la abstracción metafísica, pertenece a una generación de artistas catalanes de posguerra que han permanecido semiocultos en el canon del arte catalán.

Joaquim Chancho - 1987

Joaquim Chancho, Flat Fleet, 1987. Pintura acrílica sobre tela, 195 x 195 cm. Museu d’Art Modern de Tarragona © Joaquim Chancho, Vegap, Barcelona

Flat Fleet

En los años 80 Joaquim Chancho (Riudoms, 1943) escuchaba mucha música de jazz, razón por la cual muchos de los títulos de sus obras son títulos de composiciones de músicos como Thelonious Monk, John Coltrane y Miles Davis. Flat Fleet se titula como un tema del trompetista italiano de jazz Enrico Rava. El jazz y la pintura abstracta, nacidos o menos en la misma época, siempre han casado de maravilla porque ambos comparten ritmos rellenos de síncopes e improvisaciones pautadas. Chancho pinta una superficie en rojo intenso que se mueve entre la espontaneidad y el orden, entre la geometría en forma de cruz que surge de las cuatro manchas y el fondo aparentemente monocromo y plano. El tamaño de la obra a escala humana y la vibración que provoca la superposición de capas pictóricas otorgan a esta pintura una calidad orgánica que también posee la música de jazz.

Leandre Cristòfol - 1933

Leandre Cristòfol, Del aire al aire, 1933. Ensamblaje de aluminio, metal y madera, 55,5 x 35 x 20,8 cm. Museu d’Art Jaume Morera. Lleida

Del aire al aire

Esta escultura supone un punto de inflexión importantísimo en la obra de Leandre Cristòfol, uno de los escultores más brillantes de la vanguardia catalana. Realizada con materiales industriales -muelles y correas de reloj-, la pieza es la primera obra no figurativa que Cristòfol expuso -en concreto en Lleida- y la primera de una etapa de exploración y quebrantamiento de las formas tradicionales. Las espirales y los círculos concéntricos de la pieza no están muy lejos de las formas de la danza libre de Loïe Fuller.

El silencio es música

John Cage confirmó con su 4’33’’ que es imposible componer una pieza musical completamente silenciosa. Mientras se interpreta la obra es muy difícil que no se incorpore algún sonido, por mínimo que sea, por más que se intente. Del mismo modo, no es cierto que Malévich creara la nada con pinturas como Blanco sobre blanco o Cuadrado negro sobre fondo blanco. El silencio es una utopía. Sin embargo, la música sin silencio no puede existir. “Hay quien piensa que la muerte es lo que le da sentido a la vida. Por la misma regla de tres, el silencio podría ser lo único que le da sentido a la música”, escribe Mark Tanner en su libro Música y meditación. En una ocasión, Jordi Savall interrumpió la ópera Orfeo en el Liceo a causa del ruido de la gente durante los segundos de silencio de la composición de Monteverdi: “Los silencios son tan importantes como los momentos plagados de notas”. Las obras de arte visuales no solo contienen silencios muy diversos sino que también los provocan, en un mundo saturado de ruido.

Santiago Rusiñol

Santiago Rusiñol, Tarde de lluvia (también llamado El porche del jardín), 1889. Óleo sobre tela, 124 × 68,5 cm. Biblioteca-Museu Víctor Balaguer. Vilanova i la Geltrú

Tarde de lluvia (también llamado El porche del jardín)

La lluvia repiquetea tranquilamente en el exterior del porche de una masía. La mujer, sola, observa esta tarde gris. El sonido del agua la transporta hacia el silencio interior. Unos años antes de que Ramon Pichot lo dibujara sentado al piano, en el verano de 1889 Santiago Rusiñol emprendió una peculiar aventura con su amigo Ramon Casas: un viaje en carro por Catalunya. Entre los numerosos paisajes rurales que pintaron los dos artistas durante su itinerario, destaca esta tela que el mismo Rusiñol donó a la Biblioteca-Museu Víctor Balaguer.

Joan Llimona - 1890-1920

Joan Llimona, Pensativa, 1890-1920. Óleo sobre tela. Donación de Esteve Font i Marcè. Museu de la Garrotxa. Olot

Pensativa

Las mujeres que pinta Joan Llimona (1860-1926) suelen estar solas, en actitud meditativa, leen o simplemente, como esta chica joven en una escena pastoral, escribe sobre una piedra, abstraída en sus pensamientos. ¿La invade la melancolía, la tristeza, o la preocupación? No importa. Este es un momento de retiro y silencio, que se traspasa al espectador.

Lola Anglada - 1926

Lola Anglada, Descanso, 1926. Pintura al óleo sobre tela, 58,2 x 88,4 cm. Depósito del Fons d’Art de la Diputació de Barcelona. Museu de Maricel de Sitges

Descanso

La nostalgia puede ser también silenciosa. Conocida como ilustradora y dibujante, en esta obra, Lola Anglada se adentra en los recuerdos de la época de la vendimia de su casa familiar de Tiana para plasmar esta escena de reposo autobiográfica. La chica que hace la siesta debajo de la higuera es la propia artista, pero en una versión más joven: la versión del recuerdo, también sonoro, de los ruidos de los insectos y, al fondo, el murmullo de los trabajadores de la bodega y de los vendimiadores.

Hortensi Güell - 1892

Hortensi Güell, Cementerio al atardecer, 1892. Pintura al óleo sobre tela, 40,5 x 65,5 cm. Museu de Reus

Cementerio al atardecer

El reusense Hortensi Güell fue un artista polifacético (1876-1899): escritor, crítico y pintor. Tuvo una vida corta -se suicidó por amor arrojándose al mar en Salou cuando solo tenía 23 años- pero no la desaprovechó en absoluto. Intelectualmente brillante, sus amigos eran Picasso, Torres Garcia y Joaquim Mir, entre otros. Esta pintura de adolescencia, de aire posromántico, muestra una gran madurez artística. El silencio del atardecer, cerca de donde descansan los muertos, esconde misterios.

Christian Boltanski - 1991

Christian Boltanski, Reserva de los Suizos Muertos, 1991. Instalación. Cajas de hojalata, fotografía a las sales de plata, cartón y lámparas eléctricas, 288 x 469 x 238 cm; 2380 cajas 12,1 x 21,8 x 23,3 cm c/u. Colección MACBA. Fundación MACBA. Museu d’Art Contemporani de Barcelona © Christian Boltanski, VEGAP, Barcelona

Reserva de los Suizos Muertos

Esta especie de búnker de hojalata es una de las instalaciones más silenciosas del arte contemporáneo. La iluminación de las lámparas que emiten una luz de posguerra ya cautiva por sí sola. El montaje emite silencio y ante él solo cabe callar y hacer el menos ruido posible. No dejéis de visitar esta obra del Macba, entrad por su estrecho pasillo y mirad el archivo de fotografías de las personas anónimas que aparecen y que quizás ya nadie recuerda. Dice Boltanski: “A menudo elaboro listas de nombres porque tengo la impresión de que escribir o pronunciar el nombre de una persona le da vida por unos instantes. Si alguien los nombra, se reconoce su existencia individual".

Ester Ferrando - 2004

Ester Ferrando, Silencio diario, 2004. Instalación. Acero inoxidable, cartón y fluorescentes, 60 x 145 cm de diámetro. Museu d’Art Modern de Tarragona Diputació de Tarragona. Archivo Fotogràfico MAMT. Foto: Alberich Fotògrafs

Silencio diario

“Cada día se pierde algo por el desagüe de la ducha”, afirma Ester Ferrando (Reus, 1972). Y es en la ducha, empapados por el ruido y el tacto del agua, donde muchos encuentran ese momento de silencio interior y de reflexión. El artista ha agrandado un objeto cotidiano, el desagüe de la bañera o de la ducha, al que habitualmente no prestamos atención, salvo para limpiarlo, y lo ha dignificado y dado un aspecto de escultura noble, que invita a la meditación.

Montserrat Soto - 1999

Montserrat Soto, Islas (II), 1999. Fotografía en color, 180 x 180 cm. Museu d’Art Jaume Morera de Lleida © Montserrat Soto, VEGAP, Barcelona.

Islas (II)

Los paisajes fotográficos de Montserrat Soto, flamante reciente Premio Nacional de Fotografía, suelen tener siempre una fuerte carga antropológica pero, en contraste, también nos hablan del vacío y la soledad. Habitualmente cuando pensamos en una isla desierta, solemos imaginar un lugar con palmeras, arena blanca y mar de azul turquesa. Una fantasía. En cambio, Soto, fotografía así una isla desierta real -del archipiélago Alland, de Finlandia-, en un paisaje en el que el blanco del mar y del cielo se confunden en un silencio que nos hace pensar en la posibilidad de haber llegado al fin del mundo.